Miles de personas dicen no a los transgénicos ante el Parlamento de Andalucía, según la organización convocante COAG-A.

Miles de personas han participado en la manifestación convocada por COAG-Andalucía para poner de relieve el rechazo a los transgénicos, por los “problemas” que su uso acarrea al conjunto del sector agrario y reclamar una apuesta decidida de la Administración Autonómica por la biodiversidad agrícola, la seguridad alimentaria de los consumidores y la soberanía alimentaria andaluza.

La manifestación ha arrancado en el puente de la Barqueta y ha concluido en los Jardines del Parlamento de Andalucía, donde los participantes se han concentrado mientras una delegación (formada por el secretario general de COAG, Miguel López, y portavoces de la PALT, Plataforma Rural, Unión de Consumidores, Amigos de la Tierra y Greenpeace), se reunía con los representantes de los grupos políticos de la Cámara.

El secretario general de COAG, Miguel López, ha destacado que el rechazo a los transgénicos tiene fundamentos “económicos, agronómicos, ambientales, de mercado y de salud de los consumidores”. “Es paradójico que mientras nuestra miel sufre el bloqueo en Europa porque se han hallado restos de transgénicos, las multinacionales como Bayer o Monsanto quieran proponernos que cultivemos más transgénicos y los dispersemos por nuestros campos”, ha dicho López.

“Hay 20 de los 27 países de la UE que rechazan los OGM y los consumidores, mayoritariamente, también los rechazan. Después de lo que ha pasado con la miel, ¿cómo evitaremos que pueda haber contaminación en otros sectores estratégicos como el aceite o las frutas y hortalizas?”, ha subrayado.

La normativa europea autoriza a los estados miembros a “tomar las medidas necesarias para evitar la presencia de OGMs en otros productos”, incluyendo “la prohibición del cultivo de OGMs en amplios territorios”. Dado que la libertad de producir transgénicos elimina la libertad de otros a producir sin transgénicos, el Estado Español puede y debe paralizar el cultivo de OGMs y apostar por unos productos agrícolas y ganaderos diferenciados, sin OGMs, dirigidos a nuestros consumidores y a los mercados europeos de calidad.

Los productores andaluces llevan “mucho tiempo trabajando para adaptarse a las demandas de la UE y alcanzar producciones más respetuosas con el medio ambiente”. Un ejemplo claro, según COAG-A, es el caso del algodón, cuya superficie se cultiva de forma mayoritaria en producción integrada. Ha explicado que se trata de un cultivo que está manteniendo la actividad de las explotaciones familiares en las zonas productoras, por lo que debe evitarse la pérdida de apoyos. Esto pasa por valorar la especificidad del algodón y establecer una zona agronómica específica, que permita mantener ligado al cultivo, sin OGM, tanto los derechos de pago único como las ayudas acopladas.

Además, hay que recordar que una parte importante de la producción agraria andaluza va dirigida al mercado centroeuropeo, avalada por su gran calidad, orientación que puede verse “muy perjudicada por la presencia de OGM en nuestro territorio, dado el rechazo de los consumidores europeos ante este tipo de productos”.

Andalucía es líder en producción y extensión ecológica de España, con más de 877.000 hectáreas y gran diversidad agrícola y ganadera. Sin embargo, en la actualidad, y aunque la información al respecto es “escasa y ambigua”, hay unas 5.250 hectáreas de estos cultivos, según estimaciones del MAAMA, dedicadas a diversas variedades de maíz transgénico, a las que hay que añadir los numerosos ensayos con otras especies agrícolas.

“La experiencia demuestra que la coexistencia no es posible”, ha subrayado, a lo que ha añadido que “la contaminación es inevitable, y ello supone un ataque a la libertad de los agricultores de elegir qué cultivan y también a la de los consumidores a la hora de elegir alimentos no transgénicos”.

“Los OGM son una opción innecesaria y peligrosa, que supone un paso atrás y un obstáculo en el camino emprendido por el sector agrario y que no resuelve sus problema, sino que contribuye a crear otros: caída de la renta, aparición de nuevas plagas, fortalecimiento de plagas secundarias, transferencia de la resistencia a herbicidas totales a las malas hierbas, destrucción de la biodiversidad con la creación de ‘desiertos verdes’… A todo ello hay que sumar las pruebas, cada vez más claras, de los daños en la salud”, ha cerrado.

Fuente: El Economista

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